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Miguel Ángel Campano: Sudario 2001. Técnica mixta sobre tela 160 x 117 cm
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Miguel Ángel Campano: Sin título 2003. Óleo sobre tela 176 x 168 cm
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Miguel Ángel Campano: Sin título 2003. Óleo sobre tela 176 x 168 cm
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Miguel Ángel Campano: Sin título 2003. Óleo sobre tela 168 x 176 cm
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Miguel Ángel Campano: Sin título 2003. Óleo sobre tela 117 x 80 cm
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Miguel Ángel Campano: Sin título 2003. Óleo sobre tela 117 x 80 cm
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Miguel Ángel Campano: Sin título 2003. Óleo sobre tela 117 x 80 cm
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Miguel Ángel Campano: Sin título 2003. Óleo sobre tela 117 x 80 cm
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Miguel Ángel Campano: Sin título 2003. Óleo sobre tela 144 x 100 cm
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Miguel Ángel Campano: Sin título 2003. Óleo sobre tela 144 x 100 cm
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Miguel Ángel Campano: Sin título 2003. Óleo sobre tela 144 x 100 cm
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Miguel Ángel Campano: Sin título 2003. Óleo sobre tela 144 x 100 cm
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Miguel Ángel Campano: Sin título 2003. Óleo sobre tela 144 x 100 cm

Notas de la exposición

Éxodo al interior de la pintura

Por Rosa Queralt

El primer encuentro con cada nueva serie de pinturas de Miguel Ángel Campano suele producir –o al menos me produce—una sensación de desconcierto. Una turbación positiva, porque de inmediato desencadena y alimenta preguntas e interrogantes, nunca indiferencia. La vocación tránsfuga, el alejarse de lo conocido, la repetida desobediencia a completar el ciclo antes de que sus síntomas de vitalidad empiecen a decaer, acaban resultando enormemente estimulantes y uno de los atractivos de su obra: la libertad de ‘respirarla’ en cada nueva ocasión de manera distinta. El interés por ella crece, además, ante el hecho incontestable de haber demostrado a lo largo de su andadura un conocimiento de la pintura cargado de revelación, revelación de una realidad que el lenguaje designa cuando aún no tiene nombre o porque pasó desapercibida si la intuición no supo atraparla antes. Y es que, a pesar de la ausencia de referentes, esa realidad autónoma está hecha de si mismo, impregnada de su propio sentir, por un fuerte vínculo entre la existencia y la pintura, urdidas ambas con gozo y dolor.

Con esta última serie emprende Campano un nuevo éxodo, construido sobre la necesidad de un despojamiento radical de ropajes teóricos, anclajes narrativos o psicoanálisis infatuados, para reivindicar abiertamente un pensamiento pictórico frente al discurso retórico. Concentrado en los medios expresivos inherentes a la pintura, lo que pone en juego es la escala, el formato, la arquitectura, el gesto, los límites y, pro encomia de todo, el color: policromías que emanan energía o equilibrio, la interacción de los colores y sus distintas vibraciones o corporeidades…

La verdad no reside en las esencias, ya nos dijo Hegel, y Campano sabe que en todo caso ésta empieza a existir por la acción. Sabe también que, en arte, nada es puro, incluso técnicamente el arte es memoria. De ahí que los asuntos prácticos, en suma la actividad que transforma los materiales, sea el factor desencadenante del pensamiento. La lucha con los materiales es pues el combate por la idea. ¿Existe un proceso dónde convivan de forma tan unida sensación y comprensión, universo sensible y universo cognoscitivo?. El proceso resulta así fundamental: la obra es consecuencia de su desarrollo y éste le informa del camino a seguir. Surge en determinados momento la necesidad de distancia y enfriamiento, una actitud deliberada hacia la disección, más pragmática y analítica, utilizando estrategias diversas para procurar que esa disección no le encasille en un uso normativo, formalista, de los elementos extraídos del propio proceso. Sea cual sea la circunstancia, todo es sacrificado a la posibilidad de descubrimiento. Por eso su territorio es mutante. Y mágico a la vez. El lugar donde el lenguaje alcanza un tono elevado de vibración, su intensidad máxima. Donde se mantiene una sensación de vago control en la que el tiempo oscila entre la inmediatez de la factura y una presencia más permeable, casi ancestral.

A menudo con una paridad básica, estas obras vocacionalmente anti-estilo se comportan como un punto de referencia en un campo magnético. Se trata de unir, combinar o contrastar un conglomerado de fuerzas que traslada su operatividad a las relaciones hasta conseguir que la correspondencia entre las artes sea vivo acontecer. Relaciones, por otro lado, presididas por la tensión, uno de los elementos generadores de eficacia más convincentes que existen en arte. Eficacia en el sentido de mejorar la calidad de la experiencia estética, acercándola a una vivencia del límite, y que registra de forma vehemente polaridades formando un arco que contrapone instinto y cultura, construcción y reconstrucción, orden y arrebato, tradición y rebeldía, refinamiento y violencia, opacidad y transparencia, verticalidad y horizontalidad, luminosidad y oscuridad, equilibrio e inestabilidad, densidad y evanescencia, profundidad y primer plano… Enfatiza este choque de contrarios en el modo de hacer presente. Sabe que la superficie es la que nos da la clave del contenido y que el juego entre ocultación y visibilidad marca el modo de la presencia, lo cual implica una manera de entrar en el espacio y de fluir en el tiempo. La superficie es, por tanto, una muralla que hay que atravesar. No importa tanto la manera, el cómo, sino el estado de tensión con tal de llegar al corazón del cuadro. Desarma así la mirada y la transforma de una posible atención flotante a una decisiva percepción fija.

Quisiera resaltar, respecto a la pintura abstracta en general, su analogía con la música y la poesía. En todas estas formas de expresión se da un hecho compositivo que no es demasiado distinto. Y la plástica de Campano lo corrobora al fluir su energía en una dirección similar: el estímulo es percibido como impresión, la realidad descompuesta en elementos abstractos aislado que se entremezclan sin encerrarse en un significado único o definirse en un sistema, la forma o la atmósfera presentidas que no se revelan en su totalidad, el anhelo de absoluto a través del despojamiento hasta orillar el linde…